El economista naturalista
No hay más que ojear la sección de sociología de cualquier gran librería para llevarse las manos a la cabeza: sus estanterías, antes que llenas de obras dignas de una fecunda rama del saber científico (bien sean académicas, bien divulgativas), están pobladas por vacuas reflexiones de personajillos de moda, reportajes periodísticos amarillistas, o vagas y comprometidas proclamas contra el capitalismo en general, y sus bajos fondos en particular (prostitución, drogas, etc.), cuando no una mezcla de las tres anteriores. Entre todos ellos se esconde alguna obra clásica de Durkheim junto con alguna otra de Weber para consumo de alumnos torturados por profesores con escasa imaginación.
Hasta hace un par de años no era difícil encontrar el mismo panorama si uno se acercaba a la sección de economía: cuatro manuales universitarios mal clasificados que enseguida dejaban paso a la ingente narrativa empresarial. No voy a decir que la situación haya mejorado sensiblemente pero, al menos desde la aparición del célebre y celebrado Freakonomics, los ejemplos de obras divulgativas escritas por académicos y expertos dentro de este ámbito científico no han hecho más que aumentar, para deleite de todos aquellos que quieran acercarse de una manera amena a la ciencia lúgubre.
“El economista naturalista”, obra de Robert Frank –Catedrático en la Universidad de Cornell-, se encuentra entre estas últimas. Hace tiempo que terminé el libro –unas 275 páginas- pero no me he decidido hasta hoy a dedicarle unas líneas.
Si tuviese que destacar alguna de sus virtudes, diría que se trata de una obra muy pedagógica y que debiera ser básica –tal vez obligatoria- para cualquier estudiante de economía, sobre todo si se encuentra en su primer año de estudio (cuanto más tarde, más difícil será deshacer los malos hábitos a los que lleva la academia). El libro no es sino un conjunto amplísimo de ejemplos cotidianos (uno por página/dos páginas) explicados a través del marco teórico mainstream de la ciencia económica, clasificados temáticamente y precedidos por una pequeña introducción teórica.
Suele suceder, tal y como señala el propio autor del libro, que muchos de los alumnos que terminan sus estudios de economía son incapaces de poner en práctica los conceptos y explicaciones más básicos de esta ciencia (el autor utiliza el ejemplo del concepto de coste de oportunidad). Cualquiera que haya cursado estudios de economía recordará amargamente los sistemas de ecuaciones diferenciales, las regresiones, las complejas representaciones matemáticas de cada uno de los modelos etc. pero tendrá serias dificultades para describir las –visto con la perspectiva que dan los años y el estudio de otras disciplinas- tremendamente sencillas conclusiones teóricas que se derivan de cada uno de los modelos estudiados; no se diga ya aplicarlos para dar cuenta de un suceso rutinario y cotidiano (es triste, pero finalmente recurrirá a la socorrida y paupérrima interpretación de un periodista en las páginas salmón)
En este sentido, el libro de R. Frank es una mina. Entrena la cabeza a aplicar de manera sistemática la lógica subyacente a los marcos interpretativos de la economía neoclásica, sin olvidar las recientes aportaciones de la psicología o el mundo de la empresa. Una vez estos han sido interiorizados, es más fácil dotar de sentido a la verborragia matemática y ver el bosque sin perderse entre los árboles. Es un verdadero manual de lógica económica y un bálsamo contra las torpes prácticas pedagógicas de que adolece la academia.
Ahora bien, aunque la lectura del libro ha sido una experiencia muy grata (me ha hecho reflexionar sobre innumerables cuestiones y me ha abierto horizontes en diversas áreas, cuando no me ha descubierto ideas y conceptos que ignoraba por completo) no tengo más remedio que apuntar, aunque sea someramente, algunos peros -deformación profesional: antes que leer un libro, me peleo con él: en primer lugar, y a diferencia de los libros que lo preceden, las respuestas a cada una de las pequeñas cuestiones que se plantean a modo de ejemplo –y que son el alma y principal contenido del libro- no están fundamentadas científicamente ni se pueden comprobar a un nivel más riguroso. En realidad se trata de un compendio de resultados del ejercicio que el autor propone a sus alumnos de primer curso, (desvelar algún principio de la ciencia económica operando en la vida cotidiana) sin ahondar más en la complejidad de las cuestiones analizadas. Es cierto que algunos ejemplos y explicaciones están verdaderamente bien: por ejemplo, las estrategias que siguen las empresas para descubrir clientes indiferentes al precio quedan muy bien ilustradas (al menos mejor que las pesadas y académicas explicaciones de Tim Harford en un libro de formato y temática similar).No obstante, un número ingente de ellas son claramente insatisfactorias. Cuando los autores de Freakonomics nos proponían explicaciones ciertamente bizarras y contraintuitivas del mundo social se tomaban la molestia de referirnos información suficiente, bibliografía competente, y un paper publicado con los resultados de un estudio científico que lo respaldaba. En este libro, en demasiadas ocasiones, se echa en falta algo parecido. Eso en el mejor de los casos. En el peor, uno se queda sorprendido por la simpleza de algunas explicaciones de brochazo grueso, cuando no por su refutación inmediata con el cambio de contexto (de Estados Unidos a España) mostrando su obvio carácter situado y la escasa vigilancia epistemológica frente a las nociones del sentido común de quienes proponen estas propuestas de explicación científica.
Y de ahí surge mi segunda crítica. El libro resultará excelente como herramienta pedagógica para los estudiantes de la licenciatura en economía o para aquellos que quieran iniciarse en los truculentos caminos de la ciencia lúgubre. Yo, en tanto que antiguo alumno de economía, puedo dar fe de ello. No obstante, es ciertamente probable que genere en el lector una cierta sensación de aprehensión y comprehensión del mundo social que estará muy lejos de ser cierta, sobre todo si su formación ha estado al margen de cualquier otra ciencia social (si bien este no es un problema de este libro en particular, sino de las abusrdas barreras que genera el devenir burocrático y parcelario de la academia entre los diversos saberes científicos). Sin ánimo de desdeñar el enfoque y el método de la economía mainstream (en otros lugares la he defendido vehementemente frente a los ataques injustificados de otras ciencias o de los heterodoxos), ni su legítimo lugar a la hora de explicar lo social (soy el primero en reconocer y valorar las aportaciones punteras y fundamentales de la economía a la hora de explicar lo social), he de señalar que las explicaciones que aporta no dejan de ser en muchos casos incompletas y reduccionistas; explicaciones pobres que pretenden reducir la complejidad del mundo social a un conjunto de supuestos que difícilmente pueden dar cuenta de ésta más allá del modelo normativo que dicen describir. Como en todo fenómeno social, sería interesante aderezar las explicaciones con notas de psicología, psicosociología, sociología o antropología, diversas ramas del saber que, desde un enfoque multidisciplinar, facilitarían la comprensión de los fenómenos sociales en toda su complejidad (pudiendo resultar que, en buena parte de las cuestiones tratadas, es la explicación que aporta la economía, y no otra ciencia, la más satisfactoria, la que da cuenta del fenómeno en mayor medida). Y por otra parte, sería interesante acercarse con mayor profundidad al mundo realmente existente, a la empíria, para comprobar si las observaciones y generalizaciones que se manifiestan son realmente tales, o si por el contario se trata sencillamente de versiones simplificadas y normativas de lo que se supone que debiera ocurrir en el mundo social (o lo que es lo mismo, del traicionero y nunca suficientemente vigilado –epistemológicamente, se entiende- sentido común)







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