05 junio 2009
13 mayo 2009
Arquetipos de los tres monoteísmos
Dramatis Personae:
1. Los Hebreos:
· Un joven colono judío (con la pistola cargada y el dedo en el gatillo)
· Mujeres israelíes con pelucas (oran con el rostro incrustado en la Torá)
· Sara, una soldado israelí (no ve con buenos ojos la forma en que Benedicto XVI visita el Muro de las Lamentaciones)
· Moses Tenza, barbudo pelirrojo y aspirante a rabino (a los musulmanes ni los cita)
· Bob Kunst, líder de un grupo de radicales judíos (“No hay nada que negociar. No podemos tener dos estados”)
2. Los Cristianos:
· Peregrinos españoles (rebosantes de fe)
· Devotas cristianas ortodoxas (lloran cuando besan la piedra de la unción de Jesús de Nazaret)
· Etíopes cristianos (adoradores del emperador Haile Selassie)
· María, una médica de León (“esto no es una guerra entre religiones, es una guerra política”)
· Los Kikos, neocatecumenales (amenizaban las largas colas ante los controles de seguridad israelíes con cánticos y aleluyas)
3. Los mususlmanes:
· Madres palestinas (miran al cielo y piden clemencia a Alá)
· Bajshe, una mujer palestina de 75 años (“los judíos nos disparan”)
· Kifa, un comerciante musulmán del zoco (se aferra a la esperanza. "Espero que Benedicto XVI traiga la paz”)
· Rana, una dulce abuela palestina (¿Habrá paz? “Dios lo quiera”)
¿Se puede hacer una lectura simbólica subconsciente de estos persona-jes en tanto que representantes estereotípicos de sus grupos religiosos, o es que yo soy un malpensado?
El desarrollo de la obra periodística (sí, periodística), aquí.
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Andrés Gil von der Walde
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29 abril 2009
06 abril 2009
El País y la crítica legitima al gobierno de Israel
El Embajador parece no entender que hay en juego un conflicto de visiones que ya estaba enraizado en la sociedad española mucho antes de que él llegase al cargo; que no basta con lanzar airadas palabras a la cúpula directiva y empresarial del diario, cargadas de juicios de valor, insultos, y vaguedades, porque recuerda peligrosamenteo al necio de Marshall McLuhan ("la indignación moral es una técnica usada para conferir dignidad al necio"); un histriónico y caprichoso que quiere que la línea editorial del principal periódico de España deje de ningunear los informes que salen desde su gabinete; que vuelve a mentar el consabido antisemitismo para enmascarar la crítica legítima a las acciones llevadas a cabo por el gobierno de Israel.
Como le señala la Defensora del lector del diario:
"Si se tratara de una queja específica o señalara mentiras o tergiversaciones concretas, esta defensora podría analizar si se han cometido errores o se ha incumplido el Libro de Estilo. Pero se trata de una enmienda a la totalidad muy difícil de objetivar"
Click para ampliar¿Alguien me puede explicar el salto lógico que hay que hacer para vincular el titular y el subtítulo en una misma noticia ? Eso sin entrar en el contenido, que daría para una clase de ética periodística.
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Andrés Gil von der Walde
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22 junio 2008
Psicología evolucionista
Navegando por Amazon he llegado hasta una crítica sobre un libro de D. Buss que sintetiza bien lo que suelo sentir cuando leo la mayor parte de los textos de los herederos inteletuales de la sociobiología, principalmente afincados en el ámbito de la psicología evolucionista. Pensar y plasmar un comentario inteligente al respecto me llevaría mucho tiempo, por lo que me he tomado la libertad de limitarme a traducir el fragmento donde comenta lo que encuentro más evocativo. Como el autor del comentario, espero que no se me interprete mal: tengo grandes esperanzas puestas en el campo y no tengo animadversión alguna a sus postulados y planteamientos. Ahora bien, sus publicaciones divulgativas y su papel dentro del mercado de las ideas (no pocas veces políticas) deja mucho que desear:
Buen alegato, poco riguroso
Empleé este libro como manual para un curso que impartí sobre comportamiento humano. En conjunto, a los estudiantes les encantó y consideraron que la manera de escribir de Buss enganchaba y era muy fácil de leer. Yo estaría de acuerdo.No obstante, considero que este libro –como el campo de la psicología evolucionista en su conjunto- requiere de un marco teórico-científico sensiblemente más riguroso antes de poder ser considerado un campo que pueda explicar substantivamente el comportamiento humano desde una perspectiva evolucionista. No se me malinterprete: las hipótesis evolucionistas pueden aportar mucho sobre comportamientos humanos concretos. Sin embargo, me hubiera gustado ver mucha más discusión en torno a qué es ciencia, qué constituye un argumento científico válido, cómo falsamos una hipótesis particular. Estos temas podrían tratarse en unas pocas páginas y considero que podrían ayudar a desarrollar o incluso tal vez justificar algunos de los argumentos que se exponen en el texto. Tal y como está ahora, el libro parece más una apologética y, conforme ojeo las páginas, tengo el mismo sentimiento que experimento cuando soy “panfleteado” por los evangélicos. Los argumentos de Buss están llenos de generalizaciones: estudios sobre niños en el colegio son extrapolados a toda la especie humana, estudios sobre el color del plumaje de los pájaros son empleados para argumentar sobre desventajas en los seres humanos, y así suma y sigue. Hay frases que hacen alegatos sensiblemente extraordinarios que aparecen sin referencia, y hay frases que apuntan a asuntos triviales acompañadas de seis referencias.
(Más)
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Andrés Gil von der Walde
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12 junio 2008
In Memoriam
Fallece a los ochenta y un años el Profesor WH Greenleaf, importante filósofo e historiador dentro del ámbito politológico; alumno de Michael Oakeshott. Descanse en paz.
Obituarios: uno, y dos.
Escepticismo y Libertad
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Andrés Gil von der Walde
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26 mayo 2008
El economista naturalista
No hay más que ojear la sección de sociología de cualquier gran librería para llevarse las manos a la cabeza: sus estanterías, antes que llenas de obras dignas de una fecunda rama del saber científico (bien sean académicas, bien divulgativas), están pobladas por vacuas reflexiones de personajillos de moda, reportajes periodísticos amarillistas, o vagas y comprometidas proclamas contra el capitalismo en general, y sus bajos fondos en particular (prostitución, drogas, etc.), cuando no una mezcla de las tres anteriores. Entre todos ellos se esconde alguna obra clásica de Durkheim junto con alguna otra de Weber para consumo de alumnos torturados por profesores con escasa imaginación.
Hasta hace un par de años no era difícil encontrar el mismo panorama si uno se acercaba a la sección de economía: cuatro manuales universitarios mal clasificados que enseguida dejaban paso a la ingente narrativa empresarial. No voy a decir que la situación haya mejorado sensiblemente pero, al menos desde la aparición del célebre y celebrado Freakonomics, los ejemplos de obras divulgativas escritas por académicos y expertos dentro de este ámbito científico no han hecho más que aumentar, para deleite de todos aquellos que quieran acercarse de una manera amena a la ciencia lúgubre.
“El economista naturalista”, obra de Robert Frank –Catedrático en la Universidad de Cornell-, se encuentra entre estas últimas. Hace tiempo que terminé el libro –unas 275 páginas- pero no me he decidido hasta hoy a dedicarle unas líneas.
Si tuviese que destacar alguna de sus virtudes, diría que se trata de una obra muy pedagógica y que debiera ser básica –tal vez obligatoria- para cualquier estudiante de economía, sobre todo si se encuentra en su primer año de estudio (cuanto más tarde, más difícil será deshacer los malos hábitos a los que lleva la academia). El libro no es sino un conjunto amplísimo de ejemplos cotidianos (uno por página/dos páginas) explicados a través del marco teórico mainstream de la ciencia económica, clasificados temáticamente y precedidos por una pequeña introducción teórica.
Suele suceder, tal y como señala el propio autor del libro, que muchos de los alumnos que terminan sus estudios de economía son incapaces de poner en práctica los conceptos y explicaciones más básicos de esta ciencia (el autor utiliza el ejemplo del concepto de coste de oportunidad). Cualquiera que haya cursado estudios de economía recordará amargamente los sistemas de ecuaciones diferenciales, las regresiones, las complejas representaciones matemáticas de cada uno de los modelos etc. pero tendrá serias dificultades para describir las –visto con la perspectiva que dan los años y el estudio de otras disciplinas- tremendamente sencillas conclusiones teóricas que se derivan de cada uno de los modelos estudiados; no se diga ya aplicarlos para dar cuenta de un suceso rutinario y cotidiano (es triste, pero finalmente recurrirá a la socorrida y paupérrima interpretación de un periodista en las páginas salmón)
En este sentido, el libro de R. Frank es una mina. Entrena la cabeza a aplicar de manera sistemática la lógica subyacente a los marcos interpretativos de la economía neoclásica, sin olvidar las recientes aportaciones de la psicología o el mundo de la empresa. Una vez estos han sido interiorizados, es más fácil dotar de sentido a la verborragia matemática y ver el bosque sin perderse entre los árboles. Es un verdadero manual de lógica económica y un bálsamo contra las torpes prácticas pedagógicas de que adolece la academia.
Ahora bien, aunque la lectura del libro ha sido una experiencia muy grata (me ha hecho reflexionar sobre innumerables cuestiones y me ha abierto horizontes en diversas áreas, cuando no me ha descubierto ideas y conceptos que ignoraba por completo) no tengo más remedio que apuntar, aunque sea someramente, algunos peros -deformación profesional: antes que leer un libro, me peleo con él: en primer lugar, y a diferencia de los libros que lo preceden, las respuestas a cada una de las pequeñas cuestiones que se plantean a modo de ejemplo –y que son el alma y principal contenido del libro- no están fundamentadas científicamente ni se pueden comprobar a un nivel más riguroso. En realidad se trata de un compendio de resultados del ejercicio que el autor propone a sus alumnos de primer curso, (desvelar algún principio de la ciencia económica operando en la vida cotidiana) sin ahondar más en la complejidad de las cuestiones analizadas. Es cierto que algunos ejemplos y explicaciones están verdaderamente bien: por ejemplo, las estrategias que siguen las empresas para descubrir clientes indiferentes al precio quedan muy bien ilustradas (al menos mejor que las pesadas y académicas explicaciones de Tim Harford en un libro de formato y temática similar).No obstante, un número ingente de ellas son claramente insatisfactorias. Cuando los autores de Freakonomics nos proponían explicaciones ciertamente bizarras y contraintuitivas del mundo social se tomaban la molestia de referirnos información suficiente, bibliografía competente, y un paper publicado con los resultados de un estudio científico que lo respaldaba. En este libro, en demasiadas ocasiones, se echa en falta algo parecido. Eso en el mejor de los casos. En el peor, uno se queda sorprendido por la simpleza de algunas explicaciones de brochazo grueso, cuando no por su refutación inmediata con el cambio de contexto (de Estados Unidos a España) mostrando su obvio carácter situado y la escasa vigilancia epistemológica frente a las nociones del sentido común de quienes proponen estas propuestas de explicación científica.
Y de ahí surge mi segunda crítica. El libro resultará excelente como herramienta pedagógica para los estudiantes de la licenciatura en economía o para aquellos que quieran iniciarse en los truculentos caminos de la ciencia lúgubre. Yo, en tanto que antiguo alumno de economía, puedo dar fe de ello. No obstante, es ciertamente probable que genere en el lector una cierta sensación de aprehensión y comprehensión del mundo social que estará muy lejos de ser cierta, sobre todo si su formación ha estado al margen de cualquier otra ciencia social (si bien este no es un problema de este libro en particular, sino de las abusrdas barreras que genera el devenir burocrático y parcelario de la academia entre los diversos saberes científicos). Sin ánimo de desdeñar el enfoque y el método de la economía mainstream (en otros lugares la he defendido vehementemente frente a los ataques injustificados de otras ciencias o de los heterodoxos), ni su legítimo lugar a la hora de explicar lo social (soy el primero en reconocer y valorar las aportaciones punteras y fundamentales de la economía a la hora de explicar lo social), he de señalar que las explicaciones que aporta no dejan de ser en muchos casos incompletas y reduccionistas; explicaciones pobres que pretenden reducir la complejidad del mundo social a un conjunto de supuestos que difícilmente pueden dar cuenta de ésta más allá del modelo normativo que dicen describir. Como en todo fenómeno social, sería interesante aderezar las explicaciones con notas de psicología, psicosociología, sociología o antropología, diversas ramas del saber que, desde un enfoque multidisciplinar, facilitarían la comprensión de los fenómenos sociales en toda su complejidad (pudiendo resultar que, en buena parte de las cuestiones tratadas, es la explicación que aporta la economía, y no otra ciencia, la más satisfactoria, la que da cuenta del fenómeno en mayor medida). Y por otra parte, sería interesante acercarse con mayor profundidad al mundo realmente existente, a la empíria, para comprobar si las observaciones y generalizaciones que se manifiestan son realmente tales, o si por el contario se trata sencillamente de versiones simplificadas y normativas de lo que se supone que debiera ocurrir en el mundo social (o lo que es lo mismo, del traicionero y nunca suficientemente vigilado –epistemológicamente, se entiende- sentido común)
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Andrés Gil von der Walde
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08 marzo 2008
Jugando a ser Almodovar
Kantor, y tantos otros, han jugado a ser Almodovar: que si golpe de estado por aquí, que si malos muy malos por allá... la misma mierda conspiracionista que nos acompaña desde las pasadas elecciones, pero con menos glamour. Solo faltan las pancartas.
Visto con la lupa antropológica, parecen procesos rituales para reforzar la solidaridad moral del grupo, donde la eficacia simbólica no depende de la verdad factual de las premisas sino de su verdad moral. Es toda una elaboración fuertemente evocativa y llena de insinuaciones que, quien conoce el código, entiende y comparte, pero quien no, solo puede entender como una narración mítica para cohesionar al grupo en momentos de crisis.
Perder frente a Zapatero debe de ser muy humillante, sobre todo si la implicación personal con las representaciones compartidas del grupo tribal es intensa. Otros, por higiene, hace tiempo que nos distanciamos de ese populismo que bascula entre lo grotesco y lo escatológico, entre lo esperpéntico y lo ridículo ¿O fueron ellos los que se distanciaron?
Espero no verme nunca en una situación parecida.
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Andrés Gil von der Walde
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18 febrero 2008
Nulla ethica sine aesthetica
Cualquier persona aficionada a la cocina notará el cambio abismal que hay entre un recetario al uso de hace veinte años, y cualquier libro de cocina de hoy en día: los tiempos que toma elaborar una receta. Ya lo señala Tyler Cowen en su último libro, “Discover your inner economist” -de inminente traducción al castellano, según tengo entendido: el ingrediente mágico para obtener las mejores viandas a la mesa es la mano de obra barata, la única capaz de dedicar el tiempo y cuidado suficientes para obtener los mejores platillos a la mesa. Si quieres tomar la mejor cocina a un precio razonable, lo mejor es visitar el tercer mundo.
Decía Arias Cañete, secretario ejecutivo de economía del PP, hace cosa de una semana que los inmigrantes que trabajan hoy en España no son “como aquellos maravillosos que teníamos, que les pedíamos un cortado, mi tostada con crema, lo mío con manteca colorá, y a mí una de boquerones sin vinagre, y te lo traía todo con una enorme eficiencia” Y achaca el problema a la escasa cualificación de los inmigrantes. Omitiremos comentarios sobre la entonación que empleó para enunciar sus elucubraciones (a pesar de la ingente literatura que correlaciona entonaciones, y otras variables de corte sociológico que desvelan a quién va dirigido su mensaje; de eso hablaremos luego) para centrarnos en el comentario propiamente dicho. Como cualquier persona que se dedique a la economía sabe (y me temo que él no es una excepción), la disminución de las desigualdades y el crecimiento económico van siempre aparejados de un aumento del precio de la mano de obra (de ahí que no se cumpla la famosa profecía marxista de la ley de bronce de los salarios). Hoy en día, en España, la mano de obra es mucho más cara -en términos comparativos de paridad de poder adquisitivo- que hace veinte o treinta años. Contratar a un camarero cualificado, hoy en día, no es rentable, como no es rentable hacerte los trajes y camisas en un sastre -a pesar de que son indudablemente mejores que los de la industria textil (paradójicamente, sí es rentable fabricar camisas de ínfima calidad con símbolos socialmente evocativos colocados en lugar visible, a precio de sastre) Lo peor es que dicha supuesta cualificación del camarero español no consistía en una formación reglada como tal, sino en el conocimiento práctico acumulado en el quehacer cotidiano a lo largo de los años –nada ajeno, por otra parte, a los inmigrantes que hoy pueblan nuestros bares; siguiendo la idea de que es la cualificación y no el precio de la mano de obra el condicionante de la caída de la calidad de los servicios, sólo podemos esperar un florecer de la calidad de los camareros inmigrantes a la luz de su experiencia en un breve lapso de tiempo. Debiera parecer elocuente el hecho de que el camarero español medio (con o sin cualificación) hoy en día no se distinga apenas en nada del camarero inmigrante (salvo, tal vez, en el conocimiento de la lengua, tema que no afecta al largo subgrupo de inmigrantes iberoamericanos) El señor Arias Cañete habla de impresiones, sin datos en la mano. Mi impresión es que la caída en la calidad de los servicios de hostelería es infinitamente mayor en tramos de gasto más elevados, en restaurantes donde no pides “boquerones sin vinagre” ni “tostadas con manteca colorá” (la composición del menú vuelve a ser sociológicamente elocuente), y donde el camarero suele ser español y el precio de la cuenta, algo más elevado. Este brochazo de impresiones, a diferencia del de Cañete, sí viene respaldado por la ciencia y la empíria económica. Convencido de que estaba en lo correcto, me llevé una alegría cuando leí hace poco, no recuerdo dónde (es una pena), una queja –económicamente fundamentada- en este mismo sentido; de una persona que narraba cómo lo maltrataban y subalimentaban a un precio de escándalo en los restaurantes de un cada día más rico y polarizado centro de Londres. Para volver a obtener los servicios y dedicación de la hostelería de antaño, hay que pagar unos precios desorbitados; y quienes no estén dispuestos, tendrán que conformarse con los procesos estandarizados y los camareros no cualificados de cualquier franquicia al uso.
Doy este rodeo porque tengo la impresión de que el servicio hostelero en los tramos bajos (allí donde se sirve la tostada con manteca colorá) nunca fue una actividad merecedora del orgullo patrio. La majadería, la sequedad y el olor a axilas siempre estuvieron a la orden del día. Incluso tengo la impresión de que los camareros latinoamericanos, al menos durante los primeros meses, son infinitamente más atentos y educados. Al menos, hasta que se adaptan a los hábitos de clase que les corresponde aquí en España, y se tornan toscos y majaderos (no obstante, de este extremo no tengo más indicio que mi experiencia y un supuesto “espíritu de los pueblos”, y no lo mantendría en firme)
Resulta paradójico que sea el Partido Popular quien se queje de que los inmigrantes son responsables de que el crecimiento económico de España sea “de baja calidad”, externalizando unas culpas que, en cualquier caso, habría que achacarles a ellos, dado que el grueso de inmigrantes y el cambio drástico de la composición demográfica española se produjo bajo su mandato, cuando entraban inmigrantes a espuertas por los aeropuertos, y no en pateras, con visados de turistas. No obstante, la aseveración es doblemente falaz porque postula la posibilidad de que se hubiera dado otro tipo de crecimiento económico (¿de calidad?) distinto del que se produjo bajo su mandato. ¿Cuál?, no lo aclara. ¿Bajo qué condiciones, -y en qué medida es responsable su gobierno de no haberlas favorecido?, ni idea ¿A qué coste?, tampoco.
Este comentario de Arias Cañete, y tantos otros que espero comentar al menos de manera sucinta, sólo tienen un objetivo: devolver el orgullo con apelaciones sentimentales de corte etnicista -perdón, de valores- (rozando lo folklórico, ¡válgame dios!) a unas clases bajas y medias bajas que se niegan a asumir su responsabilidad en su propio destino. Que quieren seguir recibiendo las prebendas que el estado había ideado para los más pobres, a pesar de no serlo. Que reniegan de la competencia y el esfuerzo como vehículos de cambio de la propia situación social, y que prefiere externalizar las culpas hacia cualquier colectivo que sirva de chivo expiatorio. La aristocratización de las clases bajas y medias bajas es un problema de primer orden en el mundo civilizado, por cuánto sienten legitimidad para exigir unos privilegios frente a terceros más pobres que ellos que, lógicamente, no les corresponden.
Es nuevamente paradójico que el PP quiera hacer firmar a los inmigrantes un contrato en el que se comprometan a respetar nuestras costumbres, y que cuándo se les ha preguntado por ellas, se hayan olvidado de la niña bonita del discurso liberal-conservador de los últimos treinta años: el trabajo duro. Ese por el que vienen a pelear los inmigrantes, con el beneplácito de los gobiernos de turno –que les dejan las puertas abiertas y se niegan a mantener una política coherente de fronteras- y que tanto repatea a esas clases bajas y medias bajas demasiado mimadas por el estado del bienestar.
No sorprende, por tanto, que Rajoy prometa eliminar los impuestos a aquellos que ganan menos de 16.000€ al año, o que mantenga un discurso económico catastrofista, en el que los que están más abajo dizque lo van a pasar mal (y entonces, claro, los que empiezan a sobrar son los inmigrantes). Lo último ha sido declarar en El Mundo que se siente identificado con los valores del socialismo cláscio, ese que él, y no Zapatero, representa. Siendo como es un político anodino, asediado en su propia casa, e incapaz de ilusionar al electorado, tiene que apelar al miedo de quienes no son sus votantes naturales -sino los de la extrema derecha- para arañar los votos que le permitan quedarse en su poltrona. No, España no tiene a día de hoy un problema de inmigración que justifique un discurso de valores. Problema tienen en Francia o Reino Unido. Y me atrevo a vaticinar que, en la medida en que la inmigración provenga de Iberoamérica y no del mundo islámico, amortiguaremos cómodamente el problema, que será de corte social y de clase, y no cultural y de valores. Para esa problemática ya existen todo tipo de instrumentos y medidas de bienestar probadamente eficaces.
Además, resulta que el crecimiento acumulado para los cuatro años de legislatura que ahora termina es dos puntos superior al crecimiento acumulado del gobierno Aznar inmediatamente anterior (14,6% frente a 12,7%), y que la desaceleración económica nacional (relativa, en el 2007 crecimos más de un punto por encima de la media de la UE y veremos qué pasa en 2008) no depende tanto de unas políticas económicas desacertadas (al menos, no más desacertadas que las que llevó a cabo el gobierno Aznar, porque Rajoy, proponer, no ha propuesto ninguna ) sino de un contexto internacional difícil que afecta a todos los países del mundo desarrollado. Todavía no he oído por parte del PP ni una sola propuesta económica anticíclca (y no propagandista-populista) que justifique un cambio de gobierno. Si ayer la economía era el fuerte del PP, parece que hoy se decantan por el populismo.
Si no, ¿cómo se entiende que Arias Cañete, el subalterno del verdaderamente socialista Rajoy, se quejase de que el sistema nacional de salud está colapsado de inmigrantes? (y que lo aderezase con otro comentario que roza la apelación electoral directa al Torrente sociológico: que una ecuatoriana en su país de origen tiene que trabajar nueve meses para hacerse una mamografía, y que por eso se colapsan las urgencias; ¿y cuántos meses de trabajo tendría que pagar una españolita al uso, no ya del lumpemproletariado sino de las clases medias bajas para hacérsela, sin la generosa contribución a las arcas de la seguridad social de la gente que sí es productiva? -véase el post scriptum) Es vox populi que los bienes públicos están irremediablemente condenados a la sobrexplotación (y a la ineficiencia). La idea es vieja, como vieja es la formulación de “La tragedia de los comunes” de Hardin. Los socialdemócratas han sido conscientes de ello, pero han considerado que el bienestar para los más pobres justificaba el enorme dispendio. El verdadero socialista, al encontrarse con un nuevo grupo (numeroso) de personas con recursos económicos bajos, que necesitan de las medidas estatales de bienestar, y que para colmo han entrado a formar parte de la mano de obra nacional bajo su mandato, propondrá la urgencia de ampliar el número de hospitales, guarderías y colegios para poder restituir el sentido legítimo de las políticas de bienestar (elevando los impuestos, si fuera necesario). El socialista falso, populista y electoralista le hará carantoñas a las hordas de españolitos mimados por el estado del bienestar, que ni son pobres ni carecieron de las oportunidades para escapar del destino que hoy les atrapa, mentándoles la etnia (perdón, los valores) y el orgullo de un país a cuya renovada honra poco contribuyeron; antes al contrario, cuestan dinero a las arcas de la seguridad social y trabajan menos de lo que trabajaron sus padres (disfrutando de innumerables beneficios y prebendas que les pagan otros).
Yo, que me consideraba votante natural de un partido liberal-conservador, nunca tuve esos problemas. Siempre creí que el estado del bienestar debía de reducirse, en la medida de lo posible y con la prudencia que la situación aconsejara, a un sistema de políticas anti-pobreza para las personas que realmente lo necesitan (paradójicamente, hoy, la mayoría inmigrantes) Agradecía un discurso positivo de creación de riqueza basado en la empresarialidad y el esfuerzo, en el mérito y el trabajo duro, en la estabilidad macroeconómica y estructural, y no un discurso catastrofista y populista dirigido a los españolitos sensiblones y vagos, que se sienten ofendidos por tener que trabajar codo con codo con los inmigrantes; o por tener que compartir las prebendas sociales de bienestar que les corresponden a los inmigrantes en toda lógica. Me temo que, en la medida que el PP no cambie su discurso y su objetivos de gobierno, no contará con mi voto (me quedaré en casa, porque no encuentro alternativas de mi agrado) No ya por una cuestión política, que también, sino por inmensa vergüenza: si he de identificarme con alguien, que no sea con los españolitos de "la manteca colorá". Como me dijeron Kantor y J en un pequeño intercambio de palabras que tuvimos sobre este tema :“Nulla ethica sine aesthetica”
Post scriptum: comentando hoy las declaraciones de Arias Cañete, he caído en otra cosa: ni en urgencias, ni en la consulta es posible autoprescribirse una mamografía, así que, o bien los médicos de la seguridad social están también en el ajo, conspirando contra el Sistema nacional de salud, o bien podemos añadir otro dato más al historial "criminal" de las ecuatorianas... la coacción indismulada y caprichosa a los profesionales de la salud para para hacerse una mamografía.
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07 febrero 2008
18 julio 2007
La misión de la universidad
"Ha sido desastrosa la tendencia que ha llevado al predominio de la investigación en la Universidad. Ella ha sido la causa de que se elimine lo principal: la cultura. Además, ha hecho que no se cultive intensamente el propósito de educar profesionales ad hoc. (...) La pedantería y la falta de reflexión han sido los agentes de este vicio de cientificismo que la Universidad padece. En España comienzan ambas potencias deplorables a representar un gravísimo estorbo. Cualquier pelafustán que ha estado seis meses en un laboratorio o seminario alemán o norteamericano, cualquier sinsonte que ha hecho un descubrimientillo científico se repatría convertido en un nuevo rico de la ciencia, en un parvenu de la investigación; y sin pensar en un cuarto de hora en la misión de la universidad, propone las reformas más ridículas y pedantes. En cambio, es incapaz de enseñar su asignatura porque ni siquiera conoce íntegramente la disciplina".
Ortega y Gasset, José (1972; Primera Edición, 1934) "Misión de la Universidad". Madrid. Revista de Occidente
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03 julio 2007
La Violetta de la Netrebko
"es muy poco común que una cantante de ópera, al identificarse tan totalmente con la heroína a la que encarna, alcance igualmente tales topes de fuerza dramática, sutileza y novedad, que sea imposible decir qué hizo mejor, si actuar o cantar, o si, como en el caso de la soprano rusa posesionada del personaje de Violeta Valéry, haga tan extraordinariamente ambas cosas que la una parezca potenciar y perfeccionar a la otra y viceversa"
Camelias Fragantes. M. Vargas Llosa
Anna Netrebko (Violetta) y Rolando Villazón (Alfredo): final del Primer Acto, Escena V, de 'La traviata', Verdi. Viena, 2005.
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31 marzo 2007
Vírgenes celestiales
Vía: 1812.
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06 marzo 2007
La izquierda exquisita
"George Orwell, al que queremos tanto, escribió sobre las paradojas culturales de la izquierda comprometida, atrapada en una contradicción performativa: el contraste radical entre lo que dicen, lo que piensan y lo que hacen. Se ha sabido por datos de la compañía eléctrica de Nashville que la mansión de Al Gore en el exclusivo Belle Meade, a las afueras de la ciudad, consume más energía en un mes de la que consume el americano medio en un año, y además ha aumentado desde que estrenó su panfleto.
Mientras tanto, Gore insistía en que los Oscar eran ecológicos al fin. ¿Qué diablos quería decir? Previamente había asistido a una fiesta -ecológica y concienciada califica, parece que en serio, la enviada de El País- con la que los Banderas le homenajearon. En la misma se regaló un pack-ecológico:
Deliciosos martinis de pera se bañaban en un interminable buffet de pastas integrales, ensaladas verdes, pescado crudo y pizzas de salmón y caviar. Los camareros ofrecían barras y tacitas de chocolate (orgánico) para mantener el tonoen cada sala una pantalla de plasma en la que se proyectaba Una verdad incómoda y en la que se anunciaba la inauguración de una nueva gasolinera sostenible, realizada íntegramente con materiales reciclados o ecológicos
(...)A cada invitado se le regalaba una tarjeta de 100 dólares para que probara la nueva "estación verde", además de una bolsa de algodón (fuera plásticos) que contenía el nuevo DVD de Una verdad incómoda (30 minutos adicionales de información y una lista de tareas para que cada uno ponga su granito de arena), una manta de algodón natural, una pulsera realizada con latas recicladas y dos libros, uno sobre energía solar y otro sobre la visión de 100 artistas sobre el Dalai Lama"
(...)
Nota: he construído esta entrada haciendo patchwork a partir de maravillosos retales -textos originales- que he tomado prestados de "Cine y política" y "Barcepundit". Las viñetas son cortesía de la casa.
No viene mal volver a leer el artículo que Sala-i-Martin le dedica a las "mentiras incómodas" que esconde el panfleto de Gore.
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