Cualquier persona aficionada a la cocina notará el cambio abismal que hay entre un recetario al uso de hace veinte años, y cualquier libro de cocina de hoy en día: los tiempos que toma elaborar una receta. Ya lo señala Tyler Cowen en su último libro, “Discover your inner economist” -de inminente traducción al castellano, según tengo entendido: el ingrediente mágico para obtener las mejores viandas a la mesa es la mano de obra barata, la única capaz de dedicar el tiempo y cuidado suficientes para obtener los mejores platillos a la mesa. Si quieres tomar la mejor cocina a un precio razonable, lo mejor es visitar el tercer mundo.
Decía Arias Cañete, secretario ejecutivo de economía del PP, hace cosa de una semana que los inmigrantes que trabajan hoy en España no son “como aquellos maravillosos que teníamos, que les pedíamos un cortado, mi tostada con crema, lo mío con manteca colorá, y a mí una de boquerones sin vinagre, y te lo traía todo con una enorme eficiencia” Y achaca el problema a la escasa cualificación de los inmigrantes. Omitiremos comentarios sobre la entonación que empleó para enunciar sus elucubraciones (a pesar de la ingente literatura que correlaciona entonaciones, y otras variables de corte sociológico que desvelan a quién va dirigido su mensaje; de eso hablaremos luego) para centrarnos en el comentario propiamente dicho. Como cualquier persona que se dedique a la economía sabe (y me temo que él no es una excepción), la disminución de las desigualdades y el crecimiento económico van siempre aparejados de un aumento del precio de la mano de obra (de ahí que no se cumpla la famosa profecía marxista de la ley de bronce de los salarios). Hoy en día, en España, la mano de obra es mucho más cara -en términos comparativos de paridad de poder adquisitivo- que hace veinte o treinta años. Contratar a un camarero cualificado, hoy en día, no es rentable, como no es rentable hacerte los trajes y camisas en un sastre -a pesar de que son indudablemente mejores que los de la industria textil (paradójicamente, sí es rentable fabricar camisas de ínfima calidad con símbolos socialmente evocativos colocados en lugar visible, a precio de sastre) Lo peor es que dicha supuesta cualificación del camarero español no consistía en una formación reglada como tal, sino en el conocimiento práctico acumulado en el quehacer cotidiano a lo largo de los años –nada ajeno, por otra parte, a los inmigrantes que hoy pueblan nuestros bares; siguiendo la idea de que es la cualificación y no el precio de la mano de obra el condicionante de la caída de la calidad de los servicios, sólo podemos esperar un florecer de la calidad de los camareros inmigrantes a la luz de su experiencia en un breve lapso de tiempo. Debiera parecer elocuente el hecho de que el camarero español medio (con o sin cualificación) hoy en día no se distinga apenas en nada del camarero inmigrante (salvo, tal vez, en el conocimiento de la lengua, tema que no afecta al largo subgrupo de inmigrantes iberoamericanos) El señor Arias Cañete habla de impresiones, sin datos en la mano. Mi impresión es que la caída en la calidad de los servicios de hostelería es infinitamente mayor en tramos de gasto más elevados, en restaurantes donde no pides “boquerones sin vinagre” ni “tostadas con manteca colorá” (la composición del menú vuelve a ser sociológicamente elocuente), y donde el camarero suele ser español y el precio de la cuenta, algo más elevado. Este brochazo de impresiones, a diferencia del de Cañete, sí viene respaldado por la ciencia y la empíria económica. Convencido de que estaba en lo correcto, me llevé una alegría cuando leí hace poco, no recuerdo dónde (es una pena), una queja –económicamente fundamentada- en este mismo sentido; de una persona que narraba cómo lo maltrataban y subalimentaban a un precio de escándalo en los restaurantes de un cada día más rico y polarizado centro de Londres. Para volver a obtener los servicios y dedicación de la hostelería de antaño, hay que pagar unos precios desorbitados; y quienes no estén dispuestos, tendrán que conformarse con los procesos estandarizados y los camareros no cualificados de cualquier franquicia al uso.
Doy este rodeo porque tengo la impresión de que el servicio hostelero en los tramos bajos (allí donde se sirve la tostada con manteca colorá) nunca fue una actividad merecedora del orgullo patrio. La majadería, la sequedad y el olor a axilas siempre estuvieron a la orden del día. Incluso tengo la impresión de que los camareros latinoamericanos, al menos durante los primeros meses, son infinitamente más atentos y educados. Al menos, hasta que se adaptan a los hábitos de clase que les corresponde aquí en España, y se tornan toscos y majaderos (no obstante, de este extremo no tengo más indicio que mi experiencia y un supuesto “espíritu de los pueblos”, y no lo mantendría en firme)
Resulta paradójico que sea el Partido Popular quien se queje de que los inmigrantes son responsables de que el crecimiento económico de España sea “de baja calidad”, externalizando unas culpas que, en cualquier caso, habría que achacarles a ellos, dado que el grueso de inmigrantes y el cambio drástico de la composición demográfica española se produjo bajo su mandato, cuando entraban inmigrantes a espuertas por los aeropuertos, y no en pateras, con visados de turistas. No obstante, la aseveración es doblemente falaz porque postula la posibilidad de que se hubiera dado otro tipo de crecimiento económico (¿de calidad?) distinto del que se produjo bajo su mandato. ¿Cuál?, no lo aclara. ¿Bajo qué condiciones, -y en qué medida es responsable su gobierno de no haberlas favorecido?, ni idea ¿A qué coste?, tampoco.
Este comentario de Arias Cañete, y tantos otros que espero comentar al menos de manera sucinta, sólo tienen un objetivo: devolver el orgullo con apelaciones sentimentales de corte etnicista -perdón, de valores- (rozando lo folklórico, ¡válgame dios!) a unas clases bajas y medias bajas que se niegan a asumir su responsabilidad en su propio destino. Que quieren seguir recibiendo las prebendas que el estado había ideado para los más pobres, a pesar de no serlo. Que reniegan de la competencia y el esfuerzo como vehículos de cambio de la propia situación social, y que prefiere externalizar las culpas hacia cualquier colectivo que sirva de chivo expiatorio. La aristocratización de las clases bajas y medias bajas es un problema de primer orden en el mundo civilizado, por cuánto sienten legitimidad para exigir unos privilegios frente a terceros más pobres que ellos que, lógicamente, no les corresponden.
Es nuevamente paradójico que el PP quiera hacer firmar a los inmigrantes un contrato en el que se comprometan a respetar nuestras costumbres, y que cuándo se les ha preguntado por ellas, se hayan olvidado de la niña bonita del discurso liberal-conservador de los últimos treinta años: el trabajo duro. Ese por el que vienen a pelear los inmigrantes, con el beneplácito de los gobiernos de turno –que les dejan las puertas abiertas y se niegan a mantener una política coherente de fronteras- y que tanto repatea a esas clases bajas y medias bajas demasiado mimadas por el estado del bienestar.
No sorprende, por tanto, que Rajoy prometa eliminar los impuestos a aquellos que ganan menos de 16.000€ al año, o que mantenga un discurso económico catastrofista, en el que los que están más abajo dizque lo van a pasar mal (y entonces, claro, los que empiezan a sobrar son los inmigrantes). Lo último ha sido declarar en El Mundo que se siente identificado con los valores del socialismo cláscio, ese que él, y no Zapatero, representa. Siendo como es un político anodino, asediado en su propia casa, e incapaz de ilusionar al electorado, tiene que apelar al miedo de quienes no son sus votantes naturales -sino los de la extrema derecha- para arañar los votos que le permitan quedarse en su poltrona. No, España no tiene a día de hoy un problema de inmigración que justifique un discurso de valores. Problema tienen en Francia o Reino Unido. Y me atrevo a vaticinar que, en la medida en que la inmigración provenga de Iberoamérica y no del mundo islámico, amortiguaremos cómodamente el problema, que será de corte social y de clase, y no cultural y de valores. Para esa problemática ya existen todo tipo de instrumentos y medidas de bienestar probadamente eficaces.
Además, resulta que el crecimiento acumulado para los cuatro años de legislatura que ahora termina es dos puntos superior al crecimiento acumulado del gobierno Aznar inmediatamente anterior (14,6% frente a 12,7%), y que la desaceleración económica nacional (relativa, en el 2007 crecimos más de un punto por encima de la media de la UE y veremos qué pasa en 2008) no depende tanto de unas políticas económicas desacertadas (al menos, no más desacertadas que las que llevó a cabo el gobierno Aznar, porque Rajoy, proponer, no ha propuesto ninguna ) sino de un contexto internacional difícil que afecta a todos los países del mundo desarrollado. Todavía no he oído por parte del PP ni una sola propuesta económica anticíclca (y no propagandista-populista) que justifique un cambio de gobierno. Si ayer la economía era el fuerte del PP, parece que hoy se decantan por el populismo.
Si no, ¿cómo se entiende que Arias Cañete, el subalterno del verdaderamente socialista Rajoy, se quejase de que el sistema nacional de salud está colapsado de inmigrantes? (y que lo aderezase con otro comentario que roza la apelación electoral directa al Torrente sociológico: que una ecuatoriana en su país de origen tiene que trabajar nueve meses para hacerse una mamografía, y que por eso se colapsan las urgencias; ¿y cuántos meses de trabajo tendría que pagar una españolita al uso, no ya del lumpemproletariado sino de las clases medias bajas para hacérsela, sin la generosa contribución a las arcas de la seguridad social de la gente que sí es productiva? -véase el post scriptum) Es vox populi que los bienes públicos están irremediablemente condenados a la sobrexplotación (y a la ineficiencia). La idea es vieja, como vieja es la formulación de “La tragedia de los comunes” de Hardin. Los socialdemócratas han sido conscientes de ello, pero han considerado que el bienestar para los más pobres justificaba el enorme dispendio. El verdadero socialista, al encontrarse con un nuevo grupo (numeroso) de personas con recursos económicos bajos, que necesitan de las medidas estatales de bienestar, y que para colmo han entrado a formar parte de la mano de obra nacional bajo su mandato, propondrá la urgencia de ampliar el número de hospitales, guarderías y colegios para poder restituir el sentido legítimo de las políticas de bienestar (elevando los impuestos, si fuera necesario). El socialista falso, populista y electoralista le hará carantoñas a las hordas de españolitos mimados por el estado del bienestar, que ni son pobres ni carecieron de las oportunidades para escapar del destino que hoy les atrapa, mentándoles la etnia (perdón, los valores) y el orgullo de un país a cuya renovada honra poco contribuyeron; antes al contrario, cuestan dinero a las arcas de la seguridad social y trabajan menos de lo que trabajaron sus padres (disfrutando de innumerables beneficios y prebendas que les pagan otros).
Yo, que me consideraba votante natural de un partido liberal-conservador, nunca tuve esos problemas. Siempre creí que el estado del bienestar debía de reducirse, en la medida de lo posible y con la prudencia que la situación aconsejara, a un sistema de políticas anti-pobreza para las personas que realmente lo necesitan (paradójicamente, hoy, la mayoría inmigrantes) Agradecía un discurso positivo de creación de riqueza basado en la empresarialidad y el esfuerzo, en el mérito y el trabajo duro, en la estabilidad macroeconómica y estructural, y no un discurso catastrofista y populista dirigido a los españolitos sensiblones y vagos, que se sienten ofendidos por tener que trabajar codo con codo con los inmigrantes; o por tener que compartir las prebendas sociales de bienestar que les corresponden a los inmigrantes en toda lógica. Me temo que, en la medida que el PP no cambie su discurso y su objetivos de gobierno, no contará con mi voto (me quedaré en casa, porque no encuentro alternativas de mi agrado) No ya por una cuestión política, que también, sino por inmensa vergüenza: si he de identificarme con alguien, que no sea con los españolitos de "la manteca colorá". Como me dijeron Kantor y J en un pequeño intercambio de palabras que tuvimos sobre este tema :“Nulla ethica sine aesthetica”
Post scriptum: comentando hoy las declaraciones de Arias Cañete, he caído en otra cosa: ni en urgencias, ni en la consulta es posible autoprescribirse una mamografía, así que, o bien los médicos de la seguridad social están también en el ajo, conspirando contra el Sistema nacional de salud, o bien podemos añadir otro dato más al historial "criminal" de las ecuatorianas... la coacción indismulada y caprichosa a los profesionales de la salud para para hacerse una mamografía.